La fundación argentina que usa el arte para transformar el dolor de miles de migrantes
- Telediario Digital

- 15 nov 2025
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Lia Valeri llegó desde Venezuela hace casi dos décadas y convirtió su experiencia migratoria en un proyecto colectivo. Hoy lidera una fundación que acompaña a migrantes y refugiados a través de talleres artísticos, muestras fotográficas y espacios comunitarios que buscan transformar el desarraigo en encuentro.
Migrar duele. Lo sabe bien Lia Valeri, venezolana que llegó a la Argentina hace 19 años, en medio de la crisis que expulsó a miles de profesionales del sector petrolero. Aquella decisión forzada se convirtió, con el tiempo, en un camino inesperado: Crear una fundación que ayuda a otras personas a atravesar el duelo migratorio a través del arte.

Valeri llegó junto a su compañero y sus dos hijos después de que más de 10.000 ingenieros venezolanos fueran despedidos por sumarse al paro contra las políticas del entonces presidente Hugo Chávez.
“Tenía miedo de no ser aceptada, pero fue al revés: sentí que volvía a casa”, recuerda. Ese contraste —el dolor de partir y el alivio de llegar— marcó un antes y un después en su vida.
Con los años comenzó a encontrarse con migrantes y refugiados que compartían el mismo sentimiento: tristeza, desarraigo y la necesidad urgente de un abrazo. Trabajó más de una década en organizaciones sociales y entendió que el arte podía convertirse en un refugio. Así nació FICU, la Fundación para la Integración Cultural de Migrantes y Refugiados, a finales de 2021.
Las primeras acciones fueron tan potentes como simbólicas: enormes muestras fotográficas callejeras con retratos de 150 personas de 25 nacionalidades. Rostros gigantes que despertaban preguntas y derribaban prejuicios.
“La gente nos decía: ‘¿están desaparecidos?’ Y yo respondía: ‘no, están vivos y felices porque encontraron un lugar seguro para vivir’”, cuenta Lia. Más tarde llegó la serie “Integrados”, con migrantes tomando mate, símbolo argentino de amistad y encuentro.

La fundación creció rápido. Empezaron en espacios prestados y hoy funcionan en una pequeña sede donde ofrecen talleres de literatura, pintura, música, joropo, percusión, guitarra y escritura creativa. Muchos de los profesores también son migrantes.
“El que escribe, el que pinta, el que canta… transforma ese dolor que aprieta el pecho. Hay que sacarlo”, explica. Argentinos y extranjeros se mezclan en cada clase; los puentes se construyen solos.
Los testimonios se multiplican. Libros publicados con acompañamiento de la fundación, muestras colectivas, encuentros literarios, un atlas online que reúne información de artistas migrantes. Y, sobre todo, un espacio donde muchos sienten que están un poquito más cerca de casa. “No hay migrantes de primera ni de segunda. Todos traemos un duelo. Y todos merecemos un abrazo”, resume Valeri.
La historia sigue creciendo: se viene una nueva edición de “Integrados”, más talleres y más proyectos culturales. Mientras tanto, la fundación sigue recibiendo a quien toque la puerta con una certeza simple y poderosa: el arte, cuando abraza, también cura.




