G-FB8DD12N61 El frío como arma de guerra: Putin y Ucrania
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El frío como arma de guerra: Putin y Ucrania

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  • hace 14 minutos
  • 3 Min. de lectura

Por Pablo M. Wehbe

A medida que el calendario avanza hacia las profundidades de un nuevo invierno, el conflicto en Ucrania ha dejado de ser solo una disputa de trincheras y artillería para transformarse en una cínica batalla contra la supervivencia humana elemental. Vladimir Putin, ante la incapacidad de lograr una victoria decisiva en el campo de batalla, ha recurrido a una de las tácticas más antiguas y crueles de la historia militar: la instrumentalización del clima. Al convertir el invierno en un arma de destrucción masiva, el Kremlin no solo busca quebrar la infraestructura de un país, sino también el espíritu de su gente.


Desde el inicio de la invasión a gran escala, pero con una ferocidad renovada en el ciclo 2024-2025, Rusia ha ejecutado oleadas de ataques sistemáticos contra la red eléctrica y de calefacción de Ucrania. No se trata de daños colaterales. Los misiles balísticos y drones de largo alcance tienen como objetivos específicos transformadores, centrales térmicas y subestaciones. Según informes recientes, más del 60% de la capacidad de generación del país ha sido dañada o destruida, dejando a millones de civiles en un estado de vulnerabilidad extrema cuando las temperaturas caen por debajo de los -20°C.


Este "terrorismo energético" tiene un objetivo político claro: provocar una crisis humanitaria de tal magnitud que obligue a Kiev a capitular o a los aliados occidentales a presionar por una paz en términos rusos. Al privar a las ciudades de luz y calor, Putin intenta generar una nueva ola de refugiados hacia Europa, utilizando el desplazamiento forzado como una herramienta de desestabilización geopolítica.


En ciudades como Kyiv o Járkov, la vida se ha convertido en una carrera contra la hipotermia. Los cortes de energía programados —que en los momentos más críticos pueden durar hasta 12 horas o más— no solo significan oscuridad; significan el fin de la calefacción central, el corte del suministro de agua y el colapso de los sistemas de saneamiento. Para los ancianos que viven en los pisos altos de edificios sin ascensores operativos, o para los niños en hospitales que dependen de generadores, el invierno es una amenaza existencial directa.


La resiliencia ucraniana ha sido notable. La creación de los "Puntos de Invencibilidad" —centros con calefacción, internet y electricidad para cargar dispositivos— muestra la capacidad de organización de una sociedad que se niega a rendirse. Sin embargo, la ayuda humanitaria, aunque vital, es un paliativo. La comunidad internacional debe reconocer que cada misil que impacta una central eléctrica es un ataque contra el Derecho Internacional Humanitario, que prohíbe explícitamente atacar bienes indispensables para la supervivencia de la población civil.


El asedio invernal de Putin es también una prueba de resistencia para la alianza occidental. El Kremlin apuesta al cansancio de los donantes y a la erosión del apoyo público en Europa y Estados Unidos. No obstante, la respuesta no puede ser la complacencia. El suministro de sistemas de defensa aérea avanzados es hoy la ayuda humanitaria más efectiva posible; interceptar un misil antes de que destruya una subestación salva más vidas que cualquier cantidad de mantas o generadores.


Además, es imperativo acelerar la reconstrucción de la red eléctrica ucraniana con tecnologías más descentralizadas y resilientes. La dependencia de grandes infraestructuras de la era soviética, cuyos repuestos son difíciles de conseguir y blancos fáciles de localizar, debe dar paso a un modelo energético que Rusia no pueda apagar con un solo ataque.


Utilizar el invierno como arma es una confesión de fracaso militar y moral. Cuando un Estado recurre a congelar a niños y ancianos para lograr objetivos territoriales, pierde cualquier pretensión de legitimidad en el orden internacional. La historia juzgará este periodo no solo por quién ganó más kilómetros de tierra, sino por quién mantuvo la humanidad frente a la barbarie climática impuesta.


Ucrania resistirá este invierno, como ha resistido los anteriores, pero el precio que paga su población es un recordatorio de que la paz solo será duradera cuando se ponga fin a la impunidad de quienes usan el sufrimiento civil como moneda de cambio. El mundo no debe apartar la mirada mientras el frío se convierte en el aliado más oscuro del Kremlin.


Pablo M. Wehbe – Profesor UNRC-UNVM

Columnista de “Argentina Noticias”, Canal 13



 
 

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