Creció en silencio, ocultando a su madre y esperando a su padre: ser hija de un desaparecido
- Telediario Digital

- 28 jul
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En la antesala del 24 de marzo, Clarisa Duarte compartió su historia personal atravesada por el terrorismo de Estado, el dolor familiar y la militancia por la memoria. Un testimonio que vuelve a poner en primer plano una herida que sigue abierta.
En la previa de un nuevo 24 de marzo, a 50 años del golpe de Estado en Argentina, Clarisa Duarte llevó su historia a la mesa de diálogo con un relato íntimo y potente: es hija de un desaparecido y construyó su identidad en torno a esa ausencia. “Desde que tengo uso de razón milito la memoria de mi papá”, expresó, al recordar a José “Peco” Duarte, secuestrado durante la dictadura.
Su historia no es solo personal, sino también colectiva. Habla de una generación marcada por el terrorismo de Estado, pero también de una lucha que se sostiene en el tiempo. “No solamente milito la memoria de él, sino la de los 30 mil compañeros y compañeras desaparecidas”, dijo, al poner en palabras una responsabilidad que, según afirma, atraviesa incluso a sus propios hijos.
El relato también reconstruye las secuelas silenciosas que dejó la dictadura en su familia. Su madre, Susana Miranda, quedó profundamente afectada tras el secuestro de su pareja, con consecuencias psicológicas que marcaron la crianza de Clarisa. “Vivimos un exilio interno”, describió, al recordar años de encierro, miedo y supervivencia puertas adentro.
Con el paso del tiempo, la búsqueda de verdad encontró algunas respuestas en los juicios de lesa humanidad. Duarte destacó el valor de esos procesos para reconstruir lo ocurrido: allí supo que su padre fue llevado a centros clandestinos como Campo de la Ribera. “Muchos familiares nos enteramos ahí qué pasó con nuestros seres queridos”, remarcó.
A medio siglo del golpe, la memoria sigue siendo una construcción activa. Duarte advierte que aún hay discursos negacionistas, pero confía en el compromiso social: “La gran mayoría cree en la memoria, la verdad y la justicia”. Y en ese camino, las nuevas generaciones aparecen como protagonistas, con escuelas, organizaciones y espacios culturales que sostienen la transmisión de lo ocurrido.
El testimonio cierra con una convocatoria clara: acompañar, marchar y no olvidar. Porque, como insiste, no se trata de una fecha simbólica sino de vidas truncadas, historias inconclusas y una memoria que sigue latiendo en cada familia. “No estamos hablando de números, estamos hablando de personas”, concluyó.



