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Unplugged

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    Telediario Digital
  • hace 1 minuto
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Por Daniel Montoya

Michael Jackson llamaba al propofol «su leche». Lo necesitaba para dormir. No para volar, tampoco para ver colores que no existen ni para hablar con los muertos.


Volviendo al tema, en junio de 2009, el médico contratado para administrárselo todas las noches falló en el cálculo y el ídolo de muchos de nosotros no volvió. El mundo interpretó su muerte como la tragedia del excéntrico que llevó demasiado lejos una extravagancia más.


Lo archivó como anécdota de un famoso con demasiado dinero y exceso de caprichos. Se equivocó. El autor de hitazos inolvidables como “Thriller” no era un extraterrestre: era el primer caso clínico visible de algo que hoy, urge preguntarse, ¿está dejando de ser excepcional?


Por el contrario, su objetivo era mucho más elemental: lograr apagarse. Alerta de spoiler: “propofest” es una contradicción en sus términos. ¡Con el propofol no puede haber fiesta alguna!


Hace pocas semanas, aquí en Argentina, ocurrió algo que, antes de salir a la superficie en estos días bajo el cóctel mediático perfecto de combinar nombres como “Fini” y “Tati”, era un fenómeno que venía ocurriendo en silencio: residentes médicos robando propofol y fentanilo de los hospitales para usarlos fuera de ese ámbito.


Uno de ellos murió y la cobertura periodística se concentró, como siempre y lógicamente por su atractivo mediático, en lo policial: el robo, la negligencia, el escándalo institucional. Pero nadie se interesó demasiado acerca de lo que casi siempre termina olvidado en el backstage: ¿qué estaban buscando?



¿De qué góndola es la leche?


Antonio Escohotado clasificó las drogas en tres grandes familias: depresivas, estimulantes y las de excursión psíquica.

Esa clasificación es elegante y durante décadas fue suficiente. Pero tiene un punto ciego que el propofol expone con brutalidad: fue pensada para drogas que hacen algo mientras estás. No contempla una droga que te saca del mientras.


A diferencia de aquellas analizadas en el ya clásico de Escohotado, el propofol no modifica la conciencia: la suspende. No hay experiencia subjetiva durante la anestesia general profunda. No hay sueños, no hay visiones, no hay euforia, no hay color.


En esta suerte de tierra de nadie psiquica, el paciente no experimenta la duración: entra y sale, y el intervalo no existió para él, aunque hayan pasado horas. Los anestesiólogos lo comparan, sin metáfora, con la muerte clínica transitoria.


El sueño tiene actividad cerebral intensa, imágenes, narrativas. Hasta el coma tiene residuos. Por el contrario, la anestesia general profunda con propofol es el único estado que produce una elipsis biográfica limpia: el sujeto no está dormido, no está soñando. Simplemente no está.

Eso lo coloca fuera de todas las categorías conocidas. No es evasión, no es expansión, no es alteración. Es sustracción, desaparición lisa y llana.

En ese terreno, la pregunta que flota poco y nada en la actual cobertura periodística es precisamente esa: ¿qué sentido tiene buscar una experiencia cuya única característica es la ausencia de experiencia?



Epidemia de positividad


Byung-Chul Han lleva años describiendo la sociedad del rendimiento como una máquina que colonizó hasta el descanso. El spa es productividad del cuerpo. La meditación es optimización cognitiva. Las vacaciones son recarga para rendir más. No queda ningún espacio que no haya sido subsumido por la lógica del rendimiento y la conectividad permanente.


El celular, que tengo en mis manos por cierto en este momento, es el emblema y el instrumento: una cadena de positividad que no tiene off. Las respuestas que llegan a los diez minutos, los likes que miden el valor, las notificaciones que colonizan hasta el momento previo al sueño.

La desconexión digital, los retiros detox, el turismo sin pantallas, son gestos de resistencia que el mercado ya absorbió y comercializa como producto premium.

De igual modo, los retiros de desconexión a precios de hotel de lujo dónde seguís conectado al sistema que te va a cobrar la cuenta al volver y, en realidad, ya la está cobrando de alguna manera a través de la explotación del excedente digital.


En definitiva, la desconexión como impostura: el consumidor se desconecta del ruido, pero no del sistema que lo generó.


Ahí es dónde resulta relevante la aparición del propofol, un producto ubicado en una zona que no se puede empaquetar. Y mucho más que ello: no se puede postear, no produce contenido, no genera narrativa, así como no construye identidad alternativa.

Es la única experiencia que la lógica del rendimiento no puede colonizar porque no hay sujeto ahí adentro para rendir, para disfrutar, para compartir. Es el único agujero negro real en el tejido de la positividad permanente.

En una época donde hasta la nada se vende como experiencia, algunos buscan una nada tan radical que ni siquiera pueda ser experimentada.


Atenti: tampoco es oposición al sistema. Es sustracción. La diferencia es crucial: la oposición usa las categorías del sistema, pelea en su terreno, acepta implícitamente sus reglas. La sustracción no pelea: desaparece. No baja el volumen: directamente corta la corriente.



Mega recontra enchufados


Lo que hace al fenómeno políticamente significativo no es solo el qué, sino el quién y el desde dónde.


Michael Jackson era el hombre más enchufado del planeta: récord de audiencia en el Súper Bowl, presión desde niño para sostener a toda una industria y a toda una familia, la mirada del mundo como condición permanente de existencia. En pocas palabras, un Diego Maradona de la música: genio total, sistema total, presión total.


Los residentes médicos no son Jackson, pero comparten la estructura: son jóvenes hiperconectados al mundo digital, en el período de mayor exigencia de sus vidas profesionales, formados en la cultura del rendimiento extremo por excelencia, con guardias de treinta horas, evaluaciones permanentes y vidas con poco margen para el error.

En este plano, quizás sean, en la escala que les corresponde, de los más enchufados de su generación. Pero ni de cerca los únicos.

Aquí, hay una frase de Heidegger que resuena con extraña precisión: desde dónde se hizo el silencio provendrá la palabra.


Por si no quedó claro: las respuestas genuinas a los problemas de una época no surgen desde cualquier lado: surgen desde dónde el problema se siente con mayor intensidad.


Unplugged salió de donde estaban más plugged. No es accidental. Es la lógica interna del síntoma.



A modo de epílogo


Jackson no fue el excéntrico millonario que no podía dormir. Fue el primero en llegar a una respuesta que no está claro que esté acotada sólo al mundo de las celebridades y de la medicina, es decir, encapsulada en un circuito que va desde el ídolo global hasta el residente de guardia y que opera con la misma droga, la misma necesidad y el mismo sistema.

Lo que en él parecía una rareza de estrella fuera de contacto con la realidad era, en rigor, el contacto más honesto posible con una realidad que a todos aplasta, pero que a él lo aplastó primero y con más toneladas.

La pregunta que este fenómeno instala, antes que moral y penal, es política, en el sentido más profundo del término: ¿qué clase de época es esta, que produjo una demanda de vacío tan radical que la única respuesta a su altura es una droga que simula la muerte?

¿Qué dice de nosotros que el descanso más buscado sea el que no se puede narrar, no se puede postear, no se puede recordar?

El cuarto oscuro del revelado fotográfico tiene una promesa: sumergís el papel en la oscuridad y esperás que emerja una imagen. Alguien, algo. Acá el proceso es inverso y la oscuridad es el destino, no el medio.


En tal sentido, Unplugged no es una metáfora: puede ser un diagnóstico muy contundente de la época, escrito con una jeringa, por quienes saben como pocos lo que cuesta estar siempre encendido.



 
 

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