G-FB8DD12N61 Todo está guardado en ‘la medalla de la memoria’
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Todo está guardado en ‘la medalla de la memoria’

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    Telediario Digital
  • hace 2 minutos
  • 6 Min. de lectura

Por Guillermo Geremía

[50 AÑOS DEL GOLPE DEL 76]



“Cincuenta años. Dentro de ese pequeño fragmento de metal caben 50 años, mucha vida, dolor en cantidades difíciles de precisar. Caben también certezas que deshacen silencios. Esa medalla tiene mi nombre porque fue mía. Fue tuya.  Es nuevamente mía. Se cerró el círculo. Yo soy la “Graciela” de la medalla. Graciela Geuna” . El texto en primera persona fue publicado por el diario Página 12 hace diez días (https://www.pagina12.com.ar/2026/03/14/la-medalla-que-te-esta-devolviendo).  La protagonista de la historia es la riocuartense Graciela Geuna, una de las tantas víctimas de la Dictadura cívico-militar y que pudo sobrevivir para contarlo. 

  

  

Graciela tenía tan sólo 20 años cuando la metieron presa y tras casi 5 décadas logró volver a saber de aquella pieza de oro que era de su propiedad y que la había colgado al cuello de su compañero de vida. “La tendré en mis manos dentro de un tiempo porque por ahora  es prueba en la causa judicial, yo lo que tengo es la foto de la medalla. Lo que si voy a ir acompañada de mi abogado, el Fiscal y el geólogo Guillermo Sagripanti, al lugar donde la encontraron”, anuncia su propietaria en diálogo con este periodista.

La medalla es dorada, chica. De un lado tiene un rostro de perfil, el de la Virgen Niña. Del otro lado dice “Graciela, 3-9-74”. Apareció junto a huesos, junto a 1263 restos y fragmentos óseos recuperados entre septiembre y diciembre de 2025 en el paraje conocido como Loma del Torito, dentro del III Cuerpo de Ejército en la Provincia de Córdoba.  El Equipo de Antropología Forense, con la participación del geólogo de la UNRC,  la encontró  en el sedimento cercano a LTZB-14. No sólo pudieron identificarse a los primeros 12 desaparecidos sino que también las huellas del pasado dictatorial se revelaron en valiosos objetos.



“Una amiga de Río Cuarto me dice, hay un señor de la universidad  que quiere hablar con vos porque está haciendo estudios de la zona. Esto fue en el año 2024. Quiere saber si vos podes ayudar en algo”. Graciela da indicios inequívocos de cómo ella aportó un valioso dato para encontrar la punta del ovillo del histórico hallazgo. “Nosotros estábamos vendados en La Perla, y sin saber quiénes eran escuchábamos que sacaban gente, las llevaban y las fusilaban. Después venía un camión que decía que habían terminado”.

Con ese dato,  el geólogo Sagripanti preguntó por el tiempo que tardaba el transporte en ir y volver luego del macabro trámite. El convoy iba, dejaba a los presos trasladados en el lugar donde un grupo de militares los fusilaba y volvía. “Yo estime que eran unos 20 o 30 minutos, porque lo hablé con otras personas que estuvieron en La Perla. Entonces Guillermo me dice, ‘bueno ya está,  esto quiere decir que el lugar es a 3,5 km., no puede ser más lejos’.  Y estableció una zona que después complementó con una fotos fantásticas”,  relata Graciela. La primera referencia de la búsqueda estaba colgada, como la medalla.

Los Geuna eran dos hermanos que habían venido del sur provincial a radicarse en Río Cuarto. Graciela es hija de uno de ellos. Roberto Rodolfo Geuna, alias ‘Toto’.  Ese sobrenombre iba a terminar siendo el salvoconducto de Graciela. Una familia profundamente católica que frecuentaba la Iglesia Sagrado Corazón de la calle Lamadrid. Se fue a estudiar abogacía a Córdoba y allí conoció a Jorge Omar Cazorla, oriundo de Villa Mercedes (San Luis) con quien se casó en la iglesia riocuartense. El tenía 22 y ella 20. Ambos militaban en la Juventud Universitaria Peronista de la Facultad de Derecho de Córdoba.


“Cuando vimos que nos estaban matando a todos, unos días antes de que cayéramos, le puse alrededor del cuello la medalla para que lo protegiera. No recuerdo qué me dijo ni sé que pensó, pero que la aceptó y ya no se la sacó más. La tuvo hasta el final”, relata Graciela en su escrito publicado en el diario porteño. En aquella época se regala mucho la Virgen Niña como protectora, “me la regalaron cuando cumplí 19 años”, rememora. El amuleto no pudo evitar la muerte de su marido pero lo acompañó y protegió su identidad.

El 10 de junio de 1976 los militares se llevaron a Jorge y Graciela de la casa en donde vivían en el Barrio General Paz de la docta. Los metieron en el baúl de dos autos distintos que no dejaron bien cerrados. Cuando eran trasladados en carácter de secuestrados, ambos se tiraron de los vehículos en movimiento a 50 metros de distancia. De la escena producida frente a la Fábrica Militar de Aviones hay testigos que declararon en la causa judicial. “El alcanzó a decirme corre para acá”. Fue la última vez que vio con vida a su marido, en la ruta 20, frente a lo que era Industrias Mecánicas del Estado (IME).


Ahí me  dicen hemos matado a tu marido. Yo pensé que era para impresionarme. Pero cuando llegamos a La Perla me meten la cabeza en un baúl y ahí lo veo a Jorge muerto, dentro del baúl. Dos segundos, me meten la cabeza y veo el cuerpo desarticulado. Habían tirado contra él y contra mí. A mí me atraparon pero a él lo mataron. Pero al cuerpo nunca lo quisieron entregar”, relata con estremecedora  expresión en la entrevista concedida al programa ASÍ SON LAS COSAS de 102.9 La Gospel de Río Cuarto. https://www.youtube.com/watch?v=Z8LFCKHZ9GI

En el centro clandestino donde era dueño y señor el genocida Luciano Benjamín Menéndez fue su averno. “Nos fue salvando el alma, el cariño de los otros”. Estuvo dos años detenida, vendada y torturada.  Gracias a un militar que conocía a su padre y su tío desde la infancia recuperó la libertad pero en condición de ‘vigilada’. “¿Vos sos hija de Toto o de Chiquito? le preguntó un día a Graciela, el por entonces Teniente Coronel  Raúl Eduardo Fierro, jefe de inteligencia del Tercer Cuerpo, lugarteniente del “Cachorro” Menéndez. Cuando le confirmó su parentesco directo; le reveló en sorpresiva intimidad el represor, “pensar que yo jugaba al fútbol con ellos cuando éramos chicos en Villa Huidobro”. Esa situación no sólo le permitió conservar la vida sino también es probatoria de que había confeccionadas por las Fuerzas Armadas listas de detenidos, desaparecidos y asesinados por la Dictadura.


De regreso a Río Cuarto en 1978, la familia la mandó a resguardarse en la Patagonia, gracias a los contactos religiosos de la Iglesia Sagrado Corazón. Estuvo en Valchetta e Ingeniero Jacobacci en la Provincia de Río Negro mientras su padre le gestionaba el pasaporte para salir del país. El director del Seminario Buen Pastor la acompañó en el vuelo de la libertad e inicio del largo exilio. Con el sacerdote español Victoriano Sapelena viajó rumbo al viejo continente. Aterrizó en Madrid y al poco tiempo viajó a Berna en Suiza para declarar el infierno que la Argentina estaba viviendo. En su propio “diario del horror” había registrado cada uno de los padecimientos sufridos como víctima de un tiempo de oprobio. En el país helvético se quedó como refugiada, logró terminar su carrera de abogacía, se especializó en Derecho Internacional y trabajó para la OIT. Se casó con un suizo y tuvo tres hijos.


Cuando el miércoles 4 de marzo le dieron la noticia de la medalla estaba en pleno viaje con su esposo. “Por suerte no estaba manejando. Se la di a mi marido para que lo protegiera, pero no fue así. Estaba algo enojada con la medallita. Hoy estoy contenta porque tengo la certeza de que estuvo ahí, pero no sé si lo vamos a encontrar”.  Graciela es querellante en la causa radicada en el Justicia Federal de Córdoba que impulsa la identificación de los restos óseos hallados a 50 años del golpe de 1976 y sigue militando por Memoria, Verdad y Justicia.

“Naciones Unidas siempre dice que es una situación equivalente a la tortura con las familias ocultarles  los restos de sus seres queridos”. Ahora que está jubilada  quiere seguir con esta historia porque es una parte importante de su vida, “puedo vivir con esto porque sé que es parte constitutiva mía, me pasó a los 20 años. Esto a mí me determina, soy resiliente porque he podido seguir un camino pero cargándome esto a cuesta”. Hoy vive mitad del tiempo en Suiza y mitad en Córdoba Capital. La Facultad de Derecho de la Universidad Pública cordobesa le restituyó recientemente su condición de alumna tras haber sido expulsada en 1976 por su militancia política.


 “Yo hable con Guillermo (el geólogo Sagripanti) y me dijo que esta es mucho más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Y estaba intacta y casi en la superficie. Redonda, gastadita pero al ser de oro no se oxida. Hay objetos que encontraron con detectores metálicos pero la medalla estaba ahí queriendo salir. La medalla me trajo un mensaje”.

 Nos vienen a convidar con arrepentimientos, nos vienen a convidar con que perdamos, nos vienen a convidar con indefiniciones y también con “tanta mierda”. Y ahí está Graciela, su “necedad” y la medalla. “Aún no decidí si me la voy a quedar o la dejaré en exposición en un centro para la memoria”, admite. “Siguen secuestrados, sí. Pero nuestra búsqueda está cambiando todo. Cincuenta años después los estamos encontrando. La muerte es parte de la vida, pero la desaparición no. Los estamos trayendo de regreso a un mundo compartido”, escribe Graciela de cierre de su esperanzadora publicación. “Yo no sé lo que es el destino, caminando fui lo que fui”, le canta Silvio Rodríguez, el juglar cubano.


Así son las cosas.

 
 

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