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La mía a salvo

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    Telediario Digital
  • hace 2 horas
  • 5 Min. de lectura

Por Daniel Montoya

El constructor del jefe de gabinete Manuel “Aloe Vera” Adorni declaró en la justicia un proyecto de reforma para su hoy castigado comitente por un valor de 250 mil dólares pagado en efectivo. Es decir, con la rúcula, con la viva, con el biyuyi en mano.

 

El reflejo mediático inmediato fue discutir si tal operación cierra o no, dejando casi ningún margen para el sí y abriendo, de máxima, la única puerta que parece quedar: si semejante transacción fue legal, prolija o defendible en los opacos tribunales de Comodoro Py. Sin perjuicio de ello, semejante reacción pierde de vista lo más interesante: no el número, sino la forma.

Porque hay una lógica más sofisticada que la entrega del viejo sobre que tanto le gusta agitar al presidente Milei en su guerra santa contra el periodismo: que el beneficio no parezca un privilegio.

El poder siempre exige representación. El soberano que llega en tren es un soberano disminuido, o uno que hace del ascetismo su propio espectáculo, que también es una forma de teatralidad, como Mao con la chaqueta o Milei con la motosierra.

 

El Air Force One existe para el presidente, no para Trump. La Quinta de Olivos existe para el cargo, no para el individuo. El privilegio legítimo del poder es el que se ejerce en función de la institución. El ilegítimo es el que se queda en el bolsillo del hombre.

 

Ahí está la clave de la ostentación clandestina: que el valor no entre como dinero, que no salga como delito y que, en definitiva, simplemente se vea bien.



Country gauchito

 

Por si no queda claro, esta refacción no se hizo en el equivalente a un marche preso directo como sería Nordelta, sino en un country gauchito como Indio Cuá, que le facilita a Adorni la coartada del “deslomado” persiguiendo el progreso familiar desde “abajo”.

 

En Brasil, durante la Operación Lava Jato, la cosa se materializó en su forma más reconocible: departamentos, casas, reformas. El cemento, el mármol, la obra. La política convertida en arquitectura.

 

Es el escalón más bajo de la ostentación clandestina porque todavía deja huella: pericia, factura, testigo. El constructor que habla. Es, en definitiva, el mundo de Adorni: valor sólido, transferencia detectable, coartada frágil.

 

En Reino Unido, Boris Johnson quedó atrapado en una escena casi doméstica: el rediseño de Downing Street, la mansión oficial que le correspondía como primer ministro. Papeles pintados, sillones, estética. Nada épico ni escandaloso, en apariencia.

 

El problema no era el gusto sino quién pagaba el capricho. Y ahí está el salto respecto al escalón anterior: ya no es obra, es decoración. Ya no es arquitectura, es estilo. El escándalo se vuelve casi absurdo en su pequeñez, siendo ello exactamente su eficacia.

Difícil de procesar moralmente porque parece un desliz doméstico, no un delito. El papel pintado no tiene precio de mercado en la conciencia pública. Tiene, apenas, mal gusto o buen gusto.

En Francia, el ex primer ministro François Fillon operó en un registro todavía más sutil. Trajes regalados, objetos caros, beneficios personales. Nada ilegal a primera vista. Nada que uno no pueda llamar “detalle”. Pero acumuladas, esas minucias construyen otra cosa: una economía paralela del favor que nunca se llama así.

 

La diferencia con Johnson es de volumen y de intención: no un capricho doméstico, sino un sistema de pequeñas compensaciones que se naturalizan con el tiempo. Nadie firma un contrato. Nadie entrega un sobre. El favor simplemente circula, se asienta, se vuelve costumbre. Y la costumbre, con el tiempo, se vuelve derecho.



Un poco de amor francés

 

Nicolas Sarkozy llevó el mecanismo a su forma más elegante, más rive gauche. Ya no objetos, ya no detalles acumulados: un ecosistema entero donde lujo y política se rozaban con naturalidad.

 

Las cenas, los círculos, las amistades estratégicas. Y Carla Bruni como escenografía viviente: el glamour, la alta sociedad, la belleza como argumento de legitimidad.

Cuando tu entorno irradia ese nivel de distinción, nadie pregunta quién paga la cuenta porque la pregunta misma parece de mal gusto. El privilegio no se recibe: se respira.

La diferencia con Fillon es que allí había objetos rastreables. Aquí hay solo atmósfera. Y el ambiente, como se sabe, no se puede secuestrar como prueba.

 

El juez de la Corte Suprema de Estados Unidos Clarence Thomas representa la forma más sofisticada y más impune de todas. Sin dinero de por medio, al igual que objetos, obra o atmósfera siquiera.

 

Por el contrario, se trataba de viajes en yate, cabañas en lugares paradisíacos, hospitalidad de alto vuelo. Es decir, el valor entra como experiencia y sale como recuerdo.

 

No deja objeto fijo, factura ni constructor que declare, sino que deja apenas una sensación: la de pertenecer a un mundo donde ciertas puertas se abren por sí solas, como por arte de magia.

 

Es el punto de llegada de la ostentación clandestina: cuando el privilegio se vuelve tan intangible que ni siquiera puede nombrarse como tal. No es coima. Es hospitalidad. No es soborno. Es amistad. Y el afecto, en ese nivel, no se declara ante ningún juez.

Y entonces volvemos al punto de partida, pero con una coordenada nueva. Adorni no opera en Nordelta, sino en Indio Cuá: un country gauchito, suficientemente modesto como para sostener la coartada del “deslomado” que asciende con esfuerzo.

Eso lo ubica en el escalón más bajo de la escala de sofisticación. Lejos del ecosistema de Sarkozy, distante de la experiencia intangible de Thomas, lejano del capricho doméstico de Johnson.

 

Pero lo que lo hace verdaderamente singular no es la torpeza, sino el contexto: Adorni es funcionario de un gobierno que llegó al poder prometiendo explícitamente el fin de los privilegios de “la casta”.

 

Y todo outsider enfrenta tarde o temprano la pregunta que ningún profeta puede esquivar: ¿dónde está la mía?

 

El caso Adorni es la respuesta. La más torpe, la más detectable, la más contradictoria con el relato de origen. No hay caballos blancos en la política. Solo hay distintos niveles de habilidad para disimular que tampoco los hay.



Promesas incumplidas, a modo de epílogo

 

¿Cuáles privilegios prometió eliminar Milei? Exactamente estos. La decoración, la reforma, la fachada que cumple silenciosamente la misma función de siempre: trasladar valor sin decirlo, pareciendo buen gusto, estilo, hogar.

 

La ostentación clandestina no es una novedad argentina ni una patología local. Es un mecanismo universal con graduaciones. Lo que sí es local, lo que sí es nuestro, es la audacia de predicar su eliminación mientras se lo practica en su versión más torpe, más visible y más chabacana.

 

El sobre era burdo. El efectivo, sospechoso. Pero la decoración como artificio parecía que no indignaba, hasta que indignó. Más aún, cuando quien debía encarnar el fin de la casta resultó ser apenas su versión más amateur.

 

“La mía a salvo”, decía Macri. La diferencia es que él, al menos, sabía que estaba diciendo algo.

 

 
 

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