A 5o años del 76: entre la memoria, la negación y las deudas de la democracia
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Por Guillermo Geremía | Hace medio siglo estaba gestándose el capítulo final de la instalación de el golpe militar cívico y eclesial más cruento de la historia de la república argentina, medio siglo en la vida de las personas es muchísimo tiempo.

Medio siglo en la vida de un país es menos tiempo, seguramente, pero en una joven Argentina, nacida en 1810, 50 años de sus 226, es mucho. Es un tiempo muy significativo.
En el comienzo decíamos que el golpe no era militar solamente, sino cívico y eclesial. El historiador Felipe piña aseguró que los jefes del golpe no fueron los integrantes de el comando de las fuerzas armadas, sino que fueron los civiles, esos civiles que nunca fueron juzgados. Esos civiles que, con sus políticas cambiaron la historia reciente de la Argentina y esos civiles que lo han intentado una y otra vez de volver a instalar, no a través de la vía de los militares, sino a través de nuevas formas, sus criterios y privilegios.
Columna Especial por el 24 de Marzo: Guillermo Geremia
Hay una valoración que es cualitativa del golpe de 1976. Esa valoración cualitativa siempre está impregnada de subjetividades. Hay otra valoración que es cuantitativa que no se puede negar, aunque se puedan discutir las cifras. Vamos a empezar por la valoración cuantitativa. Hubo 30,000 desaparecidos. Ya sé que la cifra es discutida las cifras que manifestó el "Nunca Más" habló de 8.000 personas.
La CIA, a través del reporte de la propia embajada de los Estados Unidos habló de 22,000 personas hasta 1978, Mientras que los organismos DD.HH. han utilizado como bandera la de los 30,000 desaparecidos que son puestas en discusión, en una discusión que es banal. Si fueron 8,000, fueron 22,000 o fueron 30,000. Fue un verdadero genocidio.

Pero además, en ese momento se instalaron 800 centros clandestinos de detención. 800, una cifra enorme, desplegada a lo largo y a lo ancho de toda la República Argentina, con puntos de concentración. Lugares pensados como máquinas de exterminio. No llegaron a ser campos de concentración, pero sí máquinas de exterminio.
Se estima que hubo 12.000 presos políticos en ese tiempo. No está definido con precisión. También se calcula que 50.000 personas se vieron obligadas a exiliarse, a irse de la Argentina para que no los mataran.
Además, hubo una cifra muy difícil de establecer: miles de personas “conciliadas”, un término que explica las conductas que debieron adoptar muchos argentinos para ocultar su manera de pensar, su ideología, sus relaciones. Fueron exiliados en su propio país. Debieron ocultarse para evitar ser objeto de estigmatización o de persecución por parte de los propios militares.
Además, se estima que hubo unos 500 bebés apropiados. Eso ha permitido, después del trabajo de Abuelas, que más de un centenar de nietos hayan sido recuperados. Las cifras cuantitativas de la dictadura hablan por sí solas.
Sin embargo, es necesario poner el foco en algunos aspectos. Por ejemplo, uno que se menciona recurrentemente: que estábamos en guerra. Bueno, se plantea muchas veces. Incluso se pregunta en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Río Cuarto, en una serie de posteos que apelan a la memoria pedagógica.

No fue una guerra. Fue terrorismo de Estado ejercido por los militares y sus cómplices. Esto significa que el Estado utilizó toda su estructura para perseguir, desaparecer y también robar bebés. Cuando el Estado Nación, que tiene la potestad del uso de la fuerza, se vuelve criminal, nadie está a salvo.
Y esto hay que repetirlo una y otra vez, porque la teoría de los dos demonios instaló esta idea. Si hubiera sido una guerra, en una guerra no se eliminan carreras de estudio. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
En Río Cuarto, desde donde se emite este mensaje, la Facultad de Ciencias Humanas durante la dictadura eliminó dos carreras porque no querían profesionales que pensaran. Trabajo Social fue prohibida y cerrada, porque se consideraba que transformar la realidad era subversivo. Recién años después lograron su reapertura plena.
También la Licenciatura en Ciencias de la Educación fue cerrada bajo el mando de la delegación militar. Hoy esas carreras volvieron a activarse en la universidad pública, aunque desfinanciada.
En otros lugares, la sociología, la comunicación social, el periodismo, la filosofía, la ciencia política, la historia, la geografía, letras y psicología fueron consideradas carreras peligrosas. ¿Qué tiene que ver eso con una guerra? Nada que ver.

¿En qué punto estamos hoy, a 50 años del golpe? Estamos en una encrucijada. Ha aumentado el nivel de negación y hay un gobierno que está tomando muchas de las políticas adoptadas por la dictadura militar en lo económico, en la reivindicación de las Fuerzas Armadas.
Aunque los salarios que cobran los militares en la Argentina dan cuenta de que es una valoración ideológica, pero no un reconocimiento real del rol de las Fuerzas Armadas. Y hay un segmento de la población que, evidentemente, estaba adormecido y volvió a empoderarse y a reprochar circunstancias que creíamos superadas.
Por eso es interesante la encuesta que realizó la consultora de Gustavo Córdoba respecto del valor que los argentinos le dan hoy a la democracia. Se preguntó cuál es su nivel de acuerdo con la afirmación de que la dictadura cívico-militar fue un período de violaciones a los derechos humanos, crisis económica y falta de libertades.

Casi el 70% está de acuerdo. Un 18% está en desacuerdo y un 12% no sabe o no contesta. Si uno suma ese 18% y ese 12%, hay un porcentaje significativo de la población.
También se preguntó cómo caracterizan los argentinos ese período. Casi el 60% cree que fue una dictadura cívico-militar que llevó adelante un plan sistemático de desaparición de personas. Un 25% cree que fue un proceso de reorganización nacional que enfrentó una guerra contra el terrorismo. Y un 17% no sabe o no contesta.

Hoy, ¿qué valoración hacemos de la democracia? Estamos claramente insatisfechos.
Cuando la recuperamos, Alfonsín prometió que con la democracia se educa, se cura y se come. Pero a lo largo de estas décadas eso no se ha materializado plenamente.
También se consultó qué tan importante es mantener viva la memoria. Una mayoría considera que es muy importante o algo importante. Sin embargo, hay sectores que la consideran poco o nada importante.

Es evidente que hay una defección que la democracia ha tenido a lo largo de estos años. Esa defección está ligada a la educación. No se ha educado lo suficiente. No se ha hecho pedagogía de la memoria de manera adecuada. No se ha incluido suficientemente en las currículas escolares lo ocurrido durante la dictadura.

Esa es una deuda hacia adelante. No puede ser que haya que vivir una dictadura para dimensionar lo que es una dictadura. Hay muchos jóvenes que no la vivieron y no tienen plena conciencia de lo que se atravesó.
Sobre si la educación prepara para la vida democrática, una mayoría cree que lo hace, pero de manera insuficiente. Otros consideran que directamente no prepara.
Finalmente, se consultó cuál es la valoración de la democracia. La mayoría cree que es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Sin embargo, hay un sector que se muestra indiferente y otro que considera que, en algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible.

Si se suman esos porcentajes, hay un cuarto de la población que no descarta esa posibilidad. No es un dato menor. Debiera ser una señal de alarma.
Uno cree que los tiempos cambiaron, que ya no se necesitan dictaduras militares para ejercer el poder. Hoy hay otros mecanismos, incluso institucionales, que pueden ser más eficaces para imponer la voluntad de los poderosos.

También influye la falta de debate público y la ausencia de políticas que promuevan la igualdad social, cada vez más lejana.
En un tiempo en el que todavía hay voces que reclaman por la identidad de sus seres queridos, por saber qué pasó, cuando aún no se ha completado la búsqueda de información sobre lo ocurrido en esos años.
Una dictadura que no solo diezmó a una generación, sino que desmanteló la actividad industrial del país e impuso la lógica del negocio financiero como prioridad, dejando a miles de argentinos en un callejón de carencias del que muchos, incluso hoy, no pudieron salir.

Hoy se nos convoca a dar vuelta la página, a no mirar por el espejo retrovisor. Se nos convoca incluso al perdón de quienes protagonizaron la dictadura: integrantes de las Fuerzas Armadas, empresarios, sectores políticos y también sectores de la Iglesia.
Será la sociedad argentina la que deba reflexionar si ese capítulo debe cerrarse sin más o si es necesario construir una historia sin olvidos ni perdón, buscando una Argentina mejor. Así son las cosas,

