“El arrepentido” de las manos con sangre

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Por Pablo Callejón

La historia judicial describe a una joven de 22 años que se prostituía desde la adolescencia y buscaba escapar de su adicción a las drogas, pero estaba inmersa en una personalidad prepotente capaz de encerrar la respuesta emocional de un peón bonachón, que en un rapto de violencia le encestó una puñalada en el cuello por temor a que la joven meretriz pudiera contarle a su pareja las aventuras sexuales sobre la falda de sucios matorrales. La advertencia habría cobrado fuerza debido a que la mujer tenía una bicicleta que la podría trasladar hacia el casco del predio rural, ante la incapacidad de un cliente presuntamente sumiso, superado por un contexto al que “solo podría hacer frente” con su porte físico de trabajador rural y un cuchillo afilado en la cintura. Los jueces reflejan a la víctima como una persona empoderada y manipuladora, con el poder de vulnerar la capacidad psíquica del hombre que la sometía sexualmente a cambio de dinero, en un campo donde nadie escucharía el pedido de auxilio. Una vez más, la vida y la personalidad de Camila Carletti actuaron como atenuantes de las culpas de un asesino que logró eludir la pena de reclusión perpetua y la acusación de femicidio.

Los fundamentos del fallo de los jueces María Virginia Emma, Lelia Manavella y Carlos Hernán González Castellanos, quienes en forma unánime y en coincidencia con los jurados populares condenaron a Juan Ramón Villar a 20 años de prisión, ratificaron que para la Justicia el crimen de Camila no se debió a una cuestión de género.
Los magistrados señalaron que el 2 de septiembre, Camila y Villar acordaron un encuentro sexual a cambio de dinero. El peón la esperó en un camino rural de Adelia María y luego subió la bicicleta de la joven a su tractor. Desde allí se trasladaron por una arteria que conduce al campo Haras El Trébol, donde vivía y trabajaba Villar. Sobre el manto de unas malezas mantuvieron relaciones y tras una supuesta discusión sobre el monto que debía pagar el asesino “y ante la posibilidad de que Camila revelara la relación”, Villar quitó el cuchillo que llevaba en la cintura y le encestó una puñalada en el cuello que le provocó la muerte. El homicida ató de pies y manos el cuerpo de la víctima antes de arrojarlo a un arroyo y escondió las pertenencias. Horas más tarde, intentó huir con su familia hacia Corrientes, donde resultó detenido.

Cuando fue indagado por los jueces, Villar dijo que se había asustado mucho porque la observó “muy enojada” a Camila. “Vi que tenía el cuchillo con sangre y me di cuenta que lo había hecho”, afirmó en el banquillo de los acusados.
Para el psicólogo Martín San Millán integrante del Equipo Técnico de Asistencia Judicial, el acusado es “inseguro, dependiente y baja autoestima”. El especialista afirmó que ante “situaciones estresantes, aparecen mecanismos defensivos de menor nivel psicoevolutivo… pudiendo llegar a conductas descontroladas, sin consideración de los demás”.
La dura infancia del homicida y la precariedad social en la que vivía se consolidaron durante toda la instrucción y el juicio como un modo de comprender al homicida, mientras que la dolorosa vida de Camila fundamentaron para la Justicia el peor final.

La abogada defensora Ivana Niesutta apuntó al testimonio de Hilda Mabel Clavero, quien dijo conocer en profundidad a Camila. “Lo veía medio tonto al correntino”, afirmó la testigo ante el Tribunal. Aseguró que “había actuado así varias veces con otros clientes sacándole mucho dinero bajo presión”. Graciela Carletti, madre de la víctima, sospecha que Clavero proveía de drogas a su hija y era “una especie de proxeneta”.
Para Niesutta, Villar no actuó del modo en el que “normalmente lo hacen los homicidas en los casos de violencia de género”, es decir, “infligir múltiples puñaladas, golpes en el cuerpo, puntapiés”. Surge la presunción de que no la mató por ser mujer, sino por sentirse amenazado. Una descripción que los jueces aceptaron como fiable.

La doctora Virginia Emma aseveró en sus argumentos que “se define a la violencia contra la mujer como toda conducta basada en una relación desigual de poder, que afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como así también su seguridad personal…” Para la magistrada, juzgar con perspectiva de género implica tener en cuenta estas condiciones.
“No soslayo entonces que Camila Añel era mujer, que ejercía la prostitución y que era adicta al consumo de estupefacientes. Estos aspectos impusieron desde el inicio del juicio oral y hasta la deliberación y decisión final, una estricta perspectiva de género en la consideración del caso”, admitió Emma, quien de todos modos, rechazó la figura de femicidio.
Como lo hizo el fiscal Julio Rivero, la magistrada apuntó a los antecedentes del fallo “Lizarralde” y precisó que “la violencia de género no es un modo que se presenta solamente a través de daños o lesiones explícitas, sino que en muchos supuestos se requiere de una aguda sensibilidad para detectar los indicadores de desigualdad que colocan a la mujer en una situación de inferioridad en la que el hombre ejerciendo su poder la lesiona física, sexual o psicológicamente, o de un modo más extremo, le causa la muerte”
Sin embargo, la jueza consideró que “en lo que duró la breve relación” entre Camila Añel Carletti y Juan Villar, “no se verificó circunstancia alguna demostrativa de misoginia u odio al género femenino… ni se reveló que el encausado haya utilizado la violencia como herramienta de poder y dominación”
Es decir, para los jueces, el peón armado con un facón, provisto de una superioridad física natural, en un espacio geográfico que conocía a la perfección y alejado de cualquier persona que pudiera escuchar los gritos de la víctima, la mató porque se sintió amenazado por la joven que solo podría huir en una bicicleta montada sobre el tractor que estaba bajo la tutela del homicida.
“Aclaro aquí que poner el acento en la amenaza vertida por Añel Carletti no implica en lo absoluto culpar a la víctima, y mucho menos justificar la reacción de Villar quien evidenció un nivel superlativo de intemperancia”, añadió la jueza ante la presunción de que pudiera existir una intención de revictimizar a la joven hallada 10 días después del crimen sobre la piedra de un arroyo.

Los jueces destacaron que en los mensajes entre la víctima y su asesino “el trato que se dispensaban era correcto y afectuoso” y valoraron que “Villar ya había pagado lo convenido, incluido el plus ofrecido por la tardanza”. Otro elemento que pareció justificar el temor del homicida es que la relación sexual se produjo “a escasos quinientos metros del casco del Haras El Trébol, lugar donde se encontraba su esposa”. De esta forma, “la muchacha no sólo estaba cerca de donde se hallaba la mujer del imputado, sino que además tenía su bicicleta como medio de movilidad para allegarse al lugar”. El argumento para presumir que Villar, sumiso y sometido a las amenazas de Camila, no tendría elementos defensivos para evitar la osadía de la joven.

Los fundamentos señalaron que Villar no aprovechó “una situación de poder para someter a la muchacha a injustos padecimientos, subordinarla a su voluntad haciendo valer su condición de hombre, o que haya sido insensible a la realidad de Camila”. Si resulta difícil medir la sensibilidad del cliente femicida que sometía sexualmente a la víctima a cambio de dinero, emerge más complejo de digerir la descripción de cómo el imputado siguió las audiencias del juicio: “permaneció con una actitud contrita y conmovida, llorando en más de una ocasión y manifestando su arrepentimiento de manera explícita y expresa al pedir perdón en dos oportunidades a la madre de Camila, Graciela Carletti…”

Para los jueces actuó como agravante, aunque no alcanzó para aplicar la figura de femcidio, que Villar asesinara a Camila “en un espacio descampado y sin mayores posibilidades de auxilio, el aprovechamiento del cuchillo con que ejecutó el crimen y el haber atacado a una mujer que desde el aspecto físico posee una menor resistencia”. También apuntaron a “la conducta de extrema intemperancia evidenciada” y la imposibilidad de que Camila hubiera alcanzado alguna posibilidad de defensa.

La niña de la infancia triste. La adolescente de noches con el sudor de hombres extraños. La joven que perdía la razón en el dominio de las drogas. La meretriz que vieron capaz de poner en jaque al hombre que la mató de una puñalada agobiado por una mera amenaza verbal. El cuerpo que flotaba sobre un arroyo de corriente turbia. Y la mujer de la fotografía en las marchas por Ni una Menos que no será bandera del femicidio en los pasillos judiciales. Las dolorosas culpas de Camila.

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