Despiden los restos de Ariel Ramírez, una figura fundamental de la música

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El pianista y compositor Ariel Ramírez, que murió anoche a los 88 años después de días internado en terapia intensiva por una neumonía y un cuadro de insuficiencia renal, comenzarán a ser velados a partir de las 11 en el Congreso Nacional.
«A los cuatro años, un día me metí en un cuarto prohibido, donde entre un montón de animales embalsamados vi por primera vez un piano. Puse los dedos sobre las teclas … y ya no los saqué más», contaba. Cuarto entre los seis hijos que tuvieron Rosa Blanca Servetti y Zenón Ramírez, nació en Santa Fe el 4 de septiembre de 1921. Era una casa-escuela, literalmente: los dos padres, los abuelos y los tíos eran maestros, y la familia vivía en la planta alta de la misma escuela donde trabajaba don Zenón. Ahí fue el descubrimiento del piano: enseguida, el padre lo puso a estudiar con Angélica Velarde.
Ella le enseñó un repertorio de clásicos -Beethoven, Schumann, Haydn, Mozart-, con el que de adolescente se luciría en tertulias familiares. Tenía que recibirse de maestro, ésa era la consigna familiar. Después podría hacer lo que quisiera. Y ocurrió uno de los encuentros que lo marcarían para siempre: conoció a Arturo Schianca. «Esa noche que lo escuché tocar el piano me cambió la vida. Me enteré de lo que era la música. Tendría sesenta y tantos años y un dominio de los ritmos folclóricos tradicionales sureños que me volvió loco. Cuando tocó su Danza de las espuelas yo no podía creer lo que estaba escuchando. Una estructura pianística perfecta y además una música que te tutea, habla tu lenguaje, el idioma de la llanura y la gente que vive allí. Fue una experiencia muy fuerte: yo era de una manera y a partir de Schianca fui de otra».Dos días duró Ramírez como maestro: «Era cuarto grado. Varones. Todos pedían ir al baño. El primer día, yo accedí. Me llamó la directora: no debía dejarme engañar. Al otro día, un niño pidió ir al baño. Se lo negué. El chico se hizo encima … Allí me di cuenta de que eso no era para mí». Radicado en Córdoba, prefirió tratar de vivir de la música. A cambio de un sueldito, tocaba folclore del sur y del litoral por LV3, cuando se produjo el otro encuentro decisivo: con Atahualpa Yupanqui. Era 1941.
«Vino a la pensión de estudiantes donde yo vivía con mis amigos Raúl y Chonchón Mothe. No sé cómo vino: creo que era conocido de ellos. Yo, por supuesto, me senté al piano y le toqué todo. Me escuchó con mucha atención y en una de esas me dijo: ′Tóquese una zamba′. ′Zambas no sé′, le dije. ′Me falta ir al norte para aprender con los guitarreros del lugar. Pienso hacerlo apenas junte unos pesos′. Al día siguiente me mandó a la pensión un pasaje de tren a Jujuy, un billete de diez pesos, la indicación de un hotel donde cobraban dos por día y los nombres de tres personas que podían ayudarme. Le dije chau a LV3, me fui a Jujuy y el primero nomás que llamé me llevó con él a Humahuaca y me instaló en su casa». Era el musicólogo Justiniano Torres Aparicio. Ramírez se quedó un año en su casa y viajó por Tucumán, Salta, Jujuy y Bolivia. Siempre con el objetivo de seguir aprendiendo los secretos del folclore, también vivió en la región cuyana, sobre todo en Mendoza. «A los pocos días de llegar a Tucumán compuse La tristecita. Cuando la dueña de casa oyó lo que estaba tocando, me dijo: ′Pero qué zamba tan tristecita′. Y así quedó. Cuando Ricordi me la editó sentí la mayor satisfacción de mi carrera». Esa zamba estuvo, en 1946, en el primero de los 21 discos que grabó para la RCA Víctor.
Ya era conocido en Buenos Aires como pianista de Radio El Mundo, pero todavía le faltaba Europa. En 1950 viajó a Roma: vivió ahí, también en Madrid, y tocó por todas partes. Barcelona, Santander, Roma, Cambridge, Utrecht, Amsterdam, Viena, Hamburgo, Londres fueron algunas de sus innumerables escalas; en el Vaticano lo recibió el Papa Pío XII. Después de haber vivido en Perú, en 1955 volvió a la Argentina para organizar la Compañía de Folklore Ariel Ramírez, donde brillaron, entre otros, Los Fronterizos y el charanguista Mauro Núñez. En esa etapa compuso temas como Los inundados, Volveré siempre a San Juan, La última palabra o Allá lejos y hace tiempo. En 1964, el impacto de la Misa Criolla terminaría de darle prestigio internacional, pero el éxito no impidió que quisiera seguir aprendiendo: en la década del ′70 se puso bajo el ala del maestro Edwin Leuchter, con quien estudió durante doce años.
Autor de más de 300 canciones, dos de sus socios en la composición fueron sus grandes amigos Miguel Brascó y, sobre todo, Félix Luna. Con el historiador creó algunas de sus obras más populares, como Alfonsina y el mar, La peregrinación, Los Reyes Magos, La anunciación, Antiguo dueño de las flechas (Indio toba), Juana Azurduy o Navidad en verano. Pero su tarea excedió lo estrictamente musical: también se dedicó a la pedagogía, con una serie de estudios para facilitar la interpretación en piano de la música popular que fue material de consulta en conservatorios de todo el país. Además, se involucró en la defensa de los derechos de autor desde la presidencia de Sadaic, cargo que, desde 1970 hasta 2005, ocupó en cinco períodos. En la actualidad era presidente de la Junta Consultiva.Tuvo tres matrimonios y tres hijos. Conversador, habitué de la confitería Las Violetas, su altura (1,90) imponía respeto, pero siempre estaba dispuesto a la charla amable, aun en los últimos años, afectado por el mal de Alzheimer. Se fue un compositor único, un intérprete notable y una gran persona.

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