Río Cuarto - Argentina


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Crónica de un año que dejó el amargo saldo del dolor colectivo y el fastidio por lo que no cambió

Publicado: 31 diciembre, 2007 a las 12:00 am

La Biblia y el Calefón -  El 2007 nos dejó muertes en las rutas, en nuestras calles, en la Universidad, bajo el dictamen del delito o como saldo del duelo de una riña entre jóvenes. También, hubo miserias políticas, estadísticas falseadas y una elección con vencedores vencidos. El año profundizó el descreimiento hacia las instituciones y el accionar público y nos convirtió en apáticos por conveniencia…

Por Pablo Callejón -  La siguiente no será una reflexión optimista sobre en que se convirtió el 2007 ni un venturoso presagio de lo que imaginamos para el próximo año. No puede serlo. Las trágicas, sufrientes, asfixiantes y, en algunos casos, repitentes malas noticias son las que importan y fastidian. No hay espacio para las otras novedades aunque empalaguen de gozo y tengan mejor prensa. Las que duelen son, según mi criterio, las que deben motivarnos a ocupar un espacio del brindis y la gula festivalera del 31. ¿Demasiado pesimista? Es posible. Por necesidad periodística y voluntad personal el balance aparece en rojo, aún cuando se intente cambiar el saldo de las cuentas pendientes.
El 2007 nos dejó muertes en las rutas, en nuestras calles, en la Universidad, bajo el dictamen del delito o como resultado del duelo de una riña entre jóvenes.
Son más de quinientas las víctimas por accidentes de tránsito en los caminos de Córdoba y una decena en Río Cuarto. Nuestras arterias y barrios fueron el epílogo de la vida de jóvenes y familias, o la brutal consecuencia de cuerpos dañados y mutilados que enfrentarán el resto de sus años con las heridas evidentes de las colisiones.
La Universidad fue otro epicentro de duelo y angustia por el hexano que quemó a docentes ilustres y a un alumno brillante, y por el silencio que anticipó la tragedia.
También hubo muerte en el secuestro y el crimen del transportista Gustavo “chapita” García a cambio de su viejo camión  y en un campo de Chucul donde acribillaron a Julio del Corral, un productor de 27 años, frente a los ojos de su padre.
Otras muertes se dirimieron desde la guapeza inconciente de la adolescencia que aparece sin nada que perder. Chicos y jóvenes inmersos en la marginalidad que zanjan con cuchillos de cocina y pistolas calibre 22 sus propias miserias y la inobservancia ajena.
El 2007 fue infausto y embaucador. Como las estadísticas inflacionarias y los índices de precios, mientras los costos deglutieron salarios y ahorros. 
Los resultados alentadores de mejoras salariales o la reducción de los números de la pobreza e indigencia no pudieron soslayar que miles todavía ruegan por el almuerzo de mañana.
En la ciudad que ostenta la obscena maquinaria de la construcción se profundizó el capital de los señores de la soja y más de 6 mil riocuartenses esperan por una casa bajo el dictamen de caros alquileres o inmersos en el hacinamiento.
Las flaquezas políticas emergieron de los mismos de siempre o a través de “prometedoras” figuras que garantizan la continuidad de lo peor.
La  elección provincial con vencedores vencidos y peleas callejeras cargadas de gestos ampulosos y discursos bizarros generó la antesala a la desligitimidad.
Nos convertimos en apáticos por conveniencia. El desinterés pareció el resultado de la disconformidad burlada por mejores condiciones económicas y el lastre del 2001.
En Río Cuarto, el EDECOM fue un contrasentido en la actitud de quienes lo condujeron desde adentro y por los que lo manipularon por afuera. Inoperancia y maniobras para beneficio propio se conjugaron hasta dilapidar lo que quedaba de crédito.
Los parquímetros se transformaron en una máquina obsoleta, deficitaria e  ineficiente que nunca conformó a propios y extraños y hoy son un pesado lastre para el tránsito riocuartense.
El Concejo Deliberante consolidó sus contradicciones y limitantes funcionales, provocando la incredulidad de los vecinos y la fuga de sus propios ediles.
Como un acto repetitivo del gen político, los elegidos por el voto popular dejaron sus cargos, los cambiaron o se sometieron al dictado de sus jefes de turno, obviando el mandato de las urnas.
El año profundizó, además, el descreimiento hacia las instituciones y el accionar público. La Justicia mostró sus desigualdades y privilegios, cercó sus deficiencias estructurales y se alejó del sentido común, una vez más. 
¿Por qué se detuvo a Gastón Zárate y no a Facundo Macarrón? ¿Por qué se instaló la sospecha leve con el caso Dalmasso beneficiando a Facundo? ¿Por qué se demoran las resoluciones por supuesta recepción de dádivas y los aprietes?
La bravura de un policía con cuerpo de fisicoculturista puso a raya a malvivientes con la firmeza de sus puños y generó el temor de todos. Al oficial abanderado ya no se lo ve en las calles y la Justicia deberá decidir si lo sienta en el banquillo.
El canje de la voluntad de indigentes por la caja negra de intermediarios y empresas fue otra brutal consecuencia judicial del año que se va. El escándalo de los cheques es, en realidad, la maldita postal que deja la insaciable voracidad de quienes nunca se conforman con los botines ganados y se ensañan con quienes menos tienen.
No solo fueron los otros, sino nuestras propias flaquezas las que promovieron el año que dejamos ir. ¿En cuánto incide la negligencia de los conductores en la masividad de colisiones fatales o el caótico tránsito riocuartentes? ¿Cuántos de los que hoy juzgan la responsabilidad por acción u omisión de las autoridades de la Universidad alertaron sobre las condiciones de seguridad en el campus? ¿Quiénes de nosotros advierte y se preocupa por la inseguridad de los ámbitos en los que vive o concurre? ¿Qué reflexión destinamos a nuestra apatía hacia la política que se aparece como un cheque sin firma? ¿Cuántas veces delegamos, callamos o parecemos desinteresados por el mal ajeno hasta que lo vivimos en carne propia?
El 2007, como el siglo postulado en el tango de Discépolo, resultó problemático y febril. La ciudad fue otra vez tapa nacional y nos sobraron los motivos para eludir al orgullo del imperio.
¿Y las buenas noticias? Hubo muchas, claro. Apuestas dignas, solidarias, esforzadas y genuinas. Gestos de buena voluntad y acciones pensadas para el bien común. En su mayoría impulsadas desde el anonimato y, en otros casos, desvirtuadas por la difusión propagandística. De muchas de ellas nos hemos ocupado y habrá espacio de primera plana en el 2008. Por ahora, no es recomendable recordarlas. No es solo por pesimista, sino en resguardo de la obligación de cambio sobre lo que hicimos mal. El 2007 aún desangra y lastima. Que sus heridas no nos resulten indiferentes.

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